No quiero que mi hija se coma el verso de las princesas

Reencontró su pasión por el teatro después del nacimiento de su hija y escribe obras que muestran a la mujer lejos de los estereotipos. 

 

Magdalena Córdoba admite que su impulso por crear escenas de teatro que muestran mujeres lejos de los estereotipos convencionales tiene que ver con su compromiso interior como mamá de una nena y también, con la semilla feminista que guarda desde mucho antes de saber qué implica y por qué es tan necesaria.

Sanjuanina e instalada en Los Ángeles, fonaudióloga de día y dramaturga, actriz o asistente de dirección de noche, y con reconocimiento en ascenso en el circuito off de su ciudad; Magdalena llegó a esta conclusión con la recopilación de situaciones clave de su vida.

La primera señal es que “desde muy chica, le decía a sus amigas que no iba a usar el apellido de su marido”, dice casi en los minutos iniciales de una charla telefónica con Boleo Magazine entre Argentina y Estados Unidos.

Cumplió a rajatabla. Se casó con un primo hermano, el hijo de un hermano de su papá y, por lo tanto, otro “Córdoba”. “Había terminado la facultad en Mendoza, me vine a vivir a Buenos Aires y coincidimos en una fiesta familiar. Crecimos en diferentes provincias y de chicos, no habíamos tenido contacto. Lo vi y pensé: qué lindo es. Nos hicimos amigos, él me iba a presentar gente, hasta que en un momento nos sinceramos: acá está pasando algo”, cuenta.

Empezaron a salir a escondidas y, como ambos tenían el deseo de ser padres, fueron en busca del visto bueno de un genetista. Después de esa instancia, blanquearon la relación en una reunión familiar multitudinaria. “Un hermano mío me dijo: de vos podía esperarlo; pero de él, no”, agrega divertida.

Luego, ya con la pareja asentada y armada, Magdalena tuvo una propuesta de trabajo tentadora en Los Ángeles. Acá sentía que su profesión estaba ninguneada y eso los impulsó a partir. La decisión también tuvo algo rupturista, si se piensa en modelos que todavía tienen peso. “Nos fuimos por mí y mi marido llegó allá sin trabajo. En los primeros tiempos hubo fricciones. Los dos tuvimos que aprender un montón. Cambiamos nuestro paradigma. Ahora, nuestras responsabilidades diarias están repartidas. Estoy muy cómoda entre lo que adquirí del lugar donde vivo y lo que traíamos”, ensaya como balance, trece años después.

Su reenamoramiento con el teatro fue otro paso. En distintos momentos de su vida, había participado en talleres de actuación y en esta vuelta, dio con un lugar de encuentro consigo misma y una manera de expresar emociones a partir del cuerpo.

Es mi espacio de autocuidado, al que nunca le había dado prioridad y hoy lo defiendo. Siempre me percibí como una cabeza con patas. Me siento más cómoda con lo intelectual y el teatro me permite una conexión conmigo misma de una manera que no tendría de otra forma. Me parece muy importante que los hijos vean que nos ocupamos de nosotras”. 

También le permitió recuperar uno de los momentos favoritos de su niñez: imaginar y contarle historias a sus amigos del barrio y advertir las reacciones y sorpresas de su auditorio.

Su reafirmación en este punto fue la llegada a la instancia final y con la mayor cantidad de votos del público de su obra “La taza que me mira desde la mesa” en el Festival de Teatro Brisk, un certamen en Los Ángeles de representaciones de diez minutos, en inglés y español.

El texto está inspirado en una charla con Carina Onorato a raíz de la muerte de su mamá, hace casi 30 años, en un accidente de tránsito.

Nos sentamos en un café y me dijo: me acuerdo perfectamente de la llamada para avisarme, supe que eso me iban a decir y después tengo recuerdos borrosos y mezclados, hasta un tiempo más tarde, cuando volví a mi casa a la noche, vi la bombacha que había dejado secar y la taza en el mismo lugar donde había quedado; ahí advertí que estaba sola en el mundo”.

Además, para el año que viene, planea poner en escena otro texto suyo sobre el conflicto de dos mujeres con su cuerpo. “Soy una persona con sobrepeso, con subas y bajas. Cuando voy a Argentina me doy cuenta de la importancia que le dan a lo estético y cómo están naturalizados los comentarios y consejos sobre el cuerpo y lo estético. En Estados Unidos nadie le dice a otro algo sobre cómo se ve. Se toma como una falta de respeto”.

¿Por qué te interesan especialmente contar sobre mujeres?

Como mamá de una nena, me siento con el compromiso de mostrar a las mujeres desde otro lugar, desde la realidad. La mayoría de nosotras no somos como nos muestran en las revistas, no estamos pendientes de la medida de la cintura. También evito contar que alguien las rescata o que necesiten que otro “les explique”. Quiero educar a mi hija de una manera libre, con menos prejuicios y que no se coma el verso de las princesas.

Su hermana, además, trabaja desde hace años en el acompañamiento de mujeres víctimas de violencia de género y es referente en San Juan de la asociación “Ni una menos”. Magdalena, un poco por ella, empezó a seguir la oleada feminista que hay en Argentina. “Se me pone la piel de gallina ver cómo impactó en otros países, como México o Chile”.

Por Luciana Fava

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