Las nuevas abuelas: cuando los nietos llegan a los cuarenta

Sin importar las características que la definan, el lugar dónde haya vivido o el tiempo en el que lo haya hecho, para la cultura occidental la figura de la abuela siempre ha estado ligada al amor y a la vejez. Ya desde niños nos contaban cómo Caperucita Roja había sido víctima del lobo feroz mientras le llevaba comida a su abuelita en su lecho de enferma. Y nos cansamos de ver la foto de una viejita en su silla mecedora, concentrada en el tejido que tenía entre las manos. El estereotipo de ancianidad y vulnerabilidad con el que se asocia esta figura de vital importancia en el tramado social es el que hoy intento derribar.

Malena es mi nieta, tiene ocho años y llegó a mis brazos cuando yo aún no había cumplido los cuarenta. Desde entonces el vínculo que nos une no solo está atravesado por un amor incondicional sino por la vitalidad. Tomo como un regalo divino que esas pocas décadas que nos separan nos permitan construir un lenguaje fluido sin obstáculos generacionales. De más está decir que para ser abuela joven es condición ser madre joven. Ese fue mi caso. Como en un “copie y pegue” del árbol genealógico, mi mamá, mi hija y yo fuimos madres alrededor de los veinte años. Y así nos disfrutamos estas cuatro mujeres que compartimos gestos, rasgos y hasta un humor interno propio del clan.

Cursé mi primer año de la carrera de periodismo embarazada. En febrero de 1993 llegó Juana. Ella creció entre libros, apuntes y amigas de la facultad en una Capital Federal (así se denominaba entonces) que era su ciudad, pero no la mía. Su padre y yo crecimos en el centro de la provincia de Buenos Aires, más cerca de las sierras que de los subtes. Pero todo fue natural. Tengo registro de esa maternidad sin miedos, sin prejuicios. Con disfrute. Una década después tuve a Manuel y a Victoria y se convirtieron en tíos muy pequeños. Uno a los 11 y la otra a los 9. En ese tiempo el rol de madre de niños y el de abuela convivieron en mí.

Acompañé a mi hija mayor en su embarazo, que por entonces cursaba el primer año de Terapista Ocupacional, ayudé a mis hijos más pequeños con la tarea del colegio, le cambié los pañales a mi nieta, pero nunca me saqué las zapatillas de running. Y hasta falté a un cumple de Male para irme a correr una carrera al Aconcagua. Cumplir mis proyectos me ayudó a afianzar la relación con cada uno de ellos. Y a disfrutarlos.

“No pareces abuela”, “Pero ¿cuántos años tenés?”, “Sos tan joven” son algunas de las frases que escucho a menudo cuando alguien que no me conoce descubre el título que ostento orgullosa. Y en parte lo entiendo. Por lo general hoy entre los 40 y los 50 muchas mujeres debutan en la maternidad tras haberse consolidado en el mundo laboral. Y la maravillosa posibilidad que otorga la ciencia de congelar óvulos y programar una familia, más allá de las limitantes biológicas, viene a ampliar el rango de edad de las abuelas. Pero a mí me tocó esta modalidad y la disfruto a pleno.

Cerca y lejos

Hace más de 160 días que no veo a Male. Que no la abrazo. Que no la voy a buscar para que pase una semana en mi casa y podamos dormir de la mano. Hace más de cinco meses que no me subo al auto y recorro los 300 kilómetros de la ruta 226 que separan su casa de la mía. La pandemia nos dejó aisladas. Y ninguna de las dos forma parte de un grupo de riesgo, como pasará con un montón de otros abuelos.

El último contacto físico que tuvimos fue a principios de marzo cuando viajé a festejar su cumpleaños y nos despedimos con la esperanza de volver a encontrarnos el mes siguiente. Pero no todo lo que se planea puede concretarse. Y es entonces cuando uno debe apelar a otras instancias de comunicación que no hagan tan dura la separación forzosa.

La videollamada es hoy nuestro lugar de encuentro. Hasta creamos una forma de disfrutar una de las actividades que más nos gustaba compartir: el cine. Siempre nos atrapó ese espacio, nos sabíamos cerca, nos entregábamos a viajar por una historia diferente que comentábamos en los días siguientes. Ahí la vi reírse a carcajadas sin sacar los ojos de la pantalla, la vi luchar con los anteojos de 3D que se resbalaban por encima de los suyos que la ayudan con la hipermetropía. Ahí éramos felices, pero lo tuvimos que reinventar. Ahora apelamos a Netflix, elegimos la peli y la miramos cada cual desde su casa, pero al mismo tiempo, mientras nos vemos por la pantalla del celular. Una forma de estar juntas por casi dos horas y en ciudades diferentes. Ser abuela te lleva a pergeñar estas estrategias que mitigan la distancia física.

Sé que cuando todo esto pase lo primero que voy a hacer es ir a buscarla. Espero que podamos disfrutar de la playa, de cocinar juntas, que podamos viajar y podamos llegar juntas alguna vez a París tal como se lo prometí. La tierra de Ladybug, su heroína favorita.

Florencia Armendano
Periodista

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2 Comments

  1. Bella mi nieta Malena! La adoro con todo mi corazón.
    Incontable la sensación de ser Abuelo y jóven como lo cuenta la abu Flor.
    Muy lindo, me encantó, me emocioné… extraño a Malena igual o más que vos!!!!!
    ABU PABLO

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