Un viaje a Nápoles en primera persona: La experiencia en la ciudad del Santo Dorado

La periodista y viajera Daniela Mandriotti relata con precisión y una sensibilidad única el recorrido por las calles asfixiantes de esta urbe particular y tan especial para los argentinos

Llegamos a la estación Napoli Centrale un mediodía de julio en un tren desde la Liguria. Los andenes súperpoblados de viajeros extraviados que buscan conexiones y operarios de Trenitalia fumando mientras conversan en dialecto dan una imagen asfixiante que, con el calor demoledor del verano europeo meridional, nos empuja pronto a las calles.

El lugar es vetusto. Con la remodelación de 1960 a cargo de un equipo de arquitectos italianos, se derribó la antigua parada, de 1839 y primera en Italia, para dar lugar a esta terminal desangelada que se queda a mitad de camino de todo: ni nueva ni vieja.

Al salir, como primer encuentro con la ciudad, te recibe una gran plaza que comienza con unos tinglados blancos con triángulos piramidales y termina en la estatua ecuestre de Giuseppe Garibaldi, que le da el nombre a la piazza.

A lo lejos, se ve en la azotea de un edificio neorrenacentista algo descascarado un cartel publicitario de neones rojos de Caffe Kimbo. El punto, bastante decadente, bien podría ser la entrada al laberinto de calles serpenteantes que es el barrio antiguo.

En ese entramado de calles en curva que forma el centro histórico, se encuentra nuestro hotel. Hacia allí vamos al son del estruendo de valijas golpeando en el empedrado irregular de adoquines enormes y rudos, puestos sin ningún orden ni lógica y que parecen haber estado allí desde hace siglos.

En Vía dei Tribunali,la emblemática avenida del casco antiguo, se descubre la ciudad en toda su esencia. Nápoles es la calle, la vida se desarrolla puertas afuera, con sus santos patronos pintados en las paredes, sus altares en esquina de vírgenes ignotas con flores de plástico como ofrendas, sus portones abiertos como fauces de ballenas a patios con escaleras anchas que hablan de tiempos más ilustres y gloriosos.

Y la ropa siempre tendida al sol, atravesando calles, surcando ventanas con sábanas blanquísimas y toallas del Napoli flameando como banderas.

Todo está a flor de piel. La sensación remite a La Boca. Y entendemos todo, nosotros que venimos de ese rincón del sur de América. Comprendemos los gritos de las señoras de batón y medias de nylon corridas en los portones de las casas de chapa. Nos encontramos con las mujeres de negro que van a misa, con las paredes despintadas y los hombres en musculosa fumando en los balcones.

Nuestro hotel está justo detrás del Duomo, famoso porque allí está la capilla de San Gennaro donde sucede cada año el milagro de la sangre. Hacia allí vamos. Todo es oro en la cripta: la estatua del santo, el retablo refulgente, los rayos que se desprenden de los guardianes de reliquias, y la luz del sol que se cuela por los vitrales y bañan la superficie de un dorado enceguecedor. 

Una ciudad que tiene un mito griego como origen y un santo milagroso como patrono, es por lo menos, una ciudad sincrética y dual.

El culto a San Gennaro está pintado en las calles y se repite en souvenires y marquesinas de hoteles y restaurantes. Pero conforme nos perdemos en el entramado del barrio antiguo, vamos descubriendo otros cultos, otros altares y otra fe. Y allí Nápoles se presenta como una matrona pagana rebosante de celebración popular.

Nápoles en griego significa ciudad nueva, pero hoy nada es nuevo en ella. Joya disputada por muchos pueblos, fue -por supuesto- romana; pero también, bizantina, normanda, española y por fin, italiana. Pero ni siquiera todas estas identidades logran configurar una idiosincrasia definida.

Es una ciudad de múltiples capas que, como una cebolla, se va develando ante el viajero. En ella coexisten el santo, las vírgenes, los milagros y las supersticiones de mal de ojo que se contrarrestan con pepperoncinis y cuernos rojos que cuelgan de puertas y llaveros.

En este Olimpo posmoderno de dioses paganos sobresale uno por sobre el resto: el gran Diego. La figura sacrosanta de Maradona está omnipresente en todo este universo de religiosidad desbordante.  Está en las paredes de los bares, en grafitis improvisados, en murales gigantes, en altares pequeños con lucecitas de colores, en las camisetas de los puestos del Quartiere Spagnolo, entre las figuras talladas de Via San Gregorio, en las gigantografías publicitarias de los autobuses, pero, sobre todo, está en el corazón fanático de los napolitanos.

La Nápoles que vamos descubriendo en el velo de la ropa tendida de balcón a balcón es la ciudad de la que nos habla Elena Ferrante, la de las calles que de tan estrechas asfixian un poco, la del olor a frito de los puestos de comida al paso, la de las veredas mojadas por el deshielo de los puestos de pescado y la del Vesubio como vigía de la memoria histórica de esta ciudad que resuena como pregón de juglar en dialecto y que en las tardes de verano se recuesta en el regazo del Mediterráneo a la sombra de los castillos de tiempos dorados.

Creditos de fotos de Daniela Mandriotti

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2 Comments

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