Viajar a Atenas: un encuentro único con esta “Chica Superpoderosa”

Daniela Mandriotti, periodista de profesión y viajera de vocación, nos introduce en esta ciudad maravillosa y nos cuenta con ojos sensibles cómo es este paraíso griego. Porque, como dice Charly García, ella “nació para mirar lo que pocos pueden ver”

Cuando empezamos a soñar nuestro viaje a Atenas, vamos pasando por distintos estados: emoción, abulia, duda, excitación, ansiedad, indiferencia, sorpresa.

Conforme pasan los meses, vamos buscando el lugar perfecto mientras uno trata de imaginar cómo será la ciudad que no encuentra voces unánimes ni está en los circuitos tradicionales.

¿Será un artilugio de los dioses para preservar su divina belleza? En esa búsqueda frenética que hacemos los viajeros cuando buscamos dónde alojarnos, encontré la casa de Lily y decidimos que sería nuestro hogar en esos días.

Porque el secreto de un gran viaje es encontrar hogares y la casa de Lily era todo eso: el amor en una mermelada casera esperando por nosotros, una planta de tomates rojos y verdes y una terraza con vista a la Acrópolis que puede verse desde la cama y que es como estar definitivamente en casa.

La casa de Lilly fue nuestro hogar en Atenas y cuando uno dice hogar dice mucho más que un lugar donde dormir. Es un lugar al cual regresar. La luz del sol siempre presente y la generosidad de una vista majestuosa a la Acrópolis fueron la mejor bienvenida cada día. Y los tomates, como símbolo de todo lo bueno que tiene esta ciudad, sencillez y belleza, amor que crece aquí nomás.

La casa de Lilly – nuestra casa- está entre la Acrópolis y Plaka. Allí donde comienza el laberinto de calles empedradas, balcones florecidos, el sol tiñendo de rojo las esquinas y el aroma a higo dulce que inunda todo. Las pérgolas bajando las calles escaleras, las sillas de los bares de madera roja, azul o amarilla y las vides por doquier.

Plaka es un desparramo, como un mar revuelto. Y nosotros nos zambullimos en  un julio de sol abrasador y muchos grados a la sombra.

Nadie nunca nos contó suficiente sobre Atenas, y nadie nunca nos alertó de la panóptica presencia de la Acrópolis, omnipresente y majestuosa. Siempre presente como una gran madre, recordándonos el camino. Hacia allí fuimos una mañana de brisa suave entre el verde sendero que sube al cielo ateniense.

Todavía no llegaron los turistas aguerridos, que pasan como selfie y se van en alegre montón, y nosotros ya nos vamos perdiendo entre olivos plateados hacia la cima.

Y las chicas -las cariátides- siguen allí, estoicas custodias del olivo sagrado de la gran Atenea, guerreras guardianas de la historia. Protectoras de peinados elegantes contra los turistas furtivos, cazadores de fotos que nadie verá, profanadores de paisajes perfectos. Larga vida a las cariátides y al sol de Atenas por los siglos de los siglos.

Viajar a Grecia es como entrar en un poema homérico. Saber de dónde venimos para saber hacia dónde vamos, esta ciudad generosa y llena de luz conmueve profundamente. Pensé que venía a una ciudad llena de contrastes, un poco decadente y rústica, anclada en un tiempo que no es real, llena de brazos abiertos y sonrisas fuertes, con colores ocres y verde por todas partes, con cigarras que te despiertan anunciando el día y la quietud de los lugares que llevan el estandarte de la historia y lo saben. Pensé que todo se podía encontrar en una guía y que alcanzan las palabras. Pero no. Atenas es todo eso, pero es mucho más. Que la mano de la sabia Atenea nos guíe y nos ilumine.

Como una musaka, capa sobre capa, historia sobre historia, Atenas es la perfecta síntesis de todo. Occidente tan Oriente. Mitología y fe. Mármol y revolución. Azul y blanco. Ocre y verde olivo. Sin mitad de camino ni medias tintas.

Atenea, mujer fatal, poderosa y victoriosa, matrona pagana que sobrevuela nuestra conciencia y se queda en nuestro corazón lleno de deseos prendidos en velas de la catedral.

El deseo es el motor de la vida. Es imperativo inventarnos deseos, crearnos deseos, buscarnos deseos, encontrarnos deseos, compartirnos deseos, pedir deseos, desear deseos, dibujar deseos, soñar deseos, escribir deseos, prender deseos, suspirar deseos, esperar deseos. Desear fuerte y preciso. Pedir claro y concreto. Y dejar que el fuego haga lo suyo. Esto, también, hacemos cuando viajamos.

Y cuando creés que ya viste todo, que ya nada puede sorprenderte, subís al Areópago y te sentís Atenea estallando la cabeza de Zeus. Todo el mundo conocido a tus pies. Y el sol, siempre.

Animales fantásticos

Una de las cosas que más emocionaron de Grecia -y de la que tampoco nunca nadie me había hablado- fue la amorosa presencia gatuna por doquier. Naranjas, atigrados, negros, blancos, bebés, gordos, ariscos, ágiles, indiferentes, pintados, reales, de colores, con ojos verde manzana y con orejas atentas.

Todos ellos ciudadanos ilustres de la gran madre griega. Adornando Plaka y más entrañable a Paros, nos hicieron compañía en nuestro camino viajero y fueron excusa de paradas para caricias apuradas. Paros podría ser su reino perdido. Es una de las grandes Cícladas y al mismo tiempo, tiene una belleza austera y potente. Con playas alejadas y cercanas, calles onduladas coronadas de uvas violetas, café frío para el atardecer y una ventana con vistas a una iglesia de azulísima cúpula, Paros fue una grata bienvenida al mundo de Odiseo.

Y nos llevamos muchas cosas de la isla bonita: un sol rojo fuego que tiñe el mar de violetas y naranjas, las aguas claras y las arenas blancas de Marxello, un ouzo (aguardiente griego con corazón de anís) con albahaca bajo un chiringuito mirando el mar.

Nos llevamos miles de gatos hermosos, echados a la sombra en cualquier escalera. Un par de moussakas entrañables y unos kalamari junto al mar. Nos guardamos muchos frappés -café helado- en el corazón, sana costumbre griega que tan rápido adoptamos.

También, ya que estamos, nos llevamos miles de deseos en velas prendidas y papeles guardados en iglesias chiquititas, blancas por fuera, doradas por dentro. Y con ellos nos llevamos la esperanza de volver a buscar mares, puertos, dioses y atardeceres para cuando necesitemos buenos recuerdos. En blanco radiante, azul profundo, verde olivo o rojo cielo, la Grecia de mil colores es la que nos llevamos prendada en la solapa del corazón.

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