Mamás singles: “Mi deseo no estaba atado a una pareja”

Mujeres que desafiaron los mandatos sociales y el reloj biológico, usaron la ciencia a favor y no dejaron de lado su anhelo más inmenso.

 

El deseo más absoluto y ninguna intención de resignarlo. Un contexto que impone el “así” -en cuanto al modelo de familia- y “ahora” -por la biología que apura. Un por qué no. Mujeres cercanas que también se animaron. La convicción que fue moldeándose de a poco y a fuerza de trabajo interno.

Alguna o cada una de estas situaciones calza justo con el detrás de escena en la decisión de las madres solas por elecciónsingle mother by choice o solo mother– que van sumándose al modelo de familias monoparentales, tan en ascenso.

Mery y Agustin

En la historia de Mery -una diseñadora gráfica de 43 años que trabaja en una empresa de software para compañías de seguros- a la realidad propia y de sus amigas se sumó la presión de su cambio de década.

“El tema hijos no había sido mi prioridad. Mi punto era encontrar el amor de mi vida. Pero después de períodos de novia y otros sola, empecé a preguntarme qué era lo que verdaderamente quería”, cuenta a Boleo Magazine, en un ratito libre en su fin de semana, con Agustín, de dos años y medio, que se escucha de fondo. También empezó a replantearse si estaba tranquila con como tenía armado su día a día. 

Su ginecóloga ya le había advertido sobre la curva descendente en la fertilidad que se da a los 40 y a algunas amigas, en parejas estables, les estaba costando quedar embarazadas.

Entonces, decidió accionar. Consultó a una especialista en fertilidadAlbertina Paganini, quien fue clave en su recorrido- y se hizo los análisis para determinar sus chances reales de embarazo. Su mantra personal: no llegar a los 50 con el arrepentimiento por no haberlo intentado.

Los resultados de los estudios fueron alentadores. Aunque, no podían predecir qué pasaría en un año o unos meses. “Pensé: es ahora y tengo la plata para pagar los tratamientos”.

La segunda inseminación –se trata de una de los métodos de fertilización asistida más simple- fue exitosa. “Cuando confirmé el embarazo dije: ay, la puta madre. Las probabilidades eran bajas y no tenía demasiadas expectativas. Evidentemente tenía que ser”.

Mery y Agustin

Escogió a su cuñada -la mujer de su hermano- para que estuviera con ella y le diera la mano en la sala de parto, y en la vuelta a su casa, prefirió que quedarse sola con el bebé. “Tenía mucha necesidad de encontrarme con él, de conocerlo. Me ofrecían ayuda. Mi papá venía durante el día. Pero a la noche nos quedábamos los dos”.

Además, después del nacimiento pudo acceder a una carpeta con datos del donante de gametos, sin su nombre ni DNI. Allí él escribió que con su mujer les había costado mucho tener hijos y entonces quería ayudar a más personas. Ese texto la llenó de emoción y reforzó la convicción de haber acertado en el camino.

A los dos meses y medio de Agustín, volvió a trabajar. Primero en modalidad home office y ahora, con un mix. “Los primeros tiempos no tenía ayuda. Le explicaba a Agustín: ahora mamá va a trabajar y él se quedaba tranquilo. Se ve que es algo que incorporó. Es bastante inquieto y cuando le digo eso se pone a jugar solo”.

No hay dudas de que su formato de familia hoy está muy generalizado. Sin embargo, “en el curso de preparto siempre hablaban de madre y padre. Además, no encontré ningún álbum de recuerdos pensado para una mamá o papá solo. Compré uno, pero no lo usé. Me sorprende que no se hayan actualizado”.

Espera esperada

Montserrat, en el último tramo del embarazo de Ignacio. 

Montserrat -de 44 años, abogada y al frente de su propio estudio- también sorteó varias instancias y obstáculos hasta las dos rayitas del test.

La fecha de parto de Ignacio, su bebé en camino, está prevista para dentro de 45 días, unas semanas después de su cumple de 45.

Pero la decisión de encarar la maternidad viene de larga data. “Sentí que la vida tal como la venía llevando ya estaba. Lo que me faltaba era un hijo”, explica.

Así fue que a los 37 hizo una primera preservación de óvulos y la segunda unos años más tarde; después, tres tratamientos de baja complejidad y otros de los más sofisticados.

En el medio, apostó a relaciones que no funcionaron o no se afianzaron. “La pareja es para mí algo deseado. Pero los tiempos cambiaron y no quería quedarme sin ser madre por no tener un par”.

La organización para su nueva vida se lleva por estos días buena parte de su energía incalculable. “Como trabajo en forma independiente, no voy a tener licencia. Además, sé un bebé implica toda una adaptación”.

A punto de empezar una remodelación en su casa -que le dará más seguridad al bebé-, evalúa el jardín maternal más conveniente y cómodo para que una persona de confianza pueda buscarlo.

La logística para el día del parto ya está resuelta. Ni había terminado de pedirle a su tía más querida que la acompañara y ella ya le había contestado: “por supuesto, ni loca me lo perdería”.

Sus amigos también están pendientes. “Mi red de contención es muy grande. Me da mucha alegría la gente que nos elige -ahora a los dos- todos los días”.

Mamá por dos

Mara, mamá de Joaquín y Lorenzo

“Voy a esperar hasta los 30 para tener un hijo. Si no tengo pareja, me hago una inseminación”. Mara -que hoy tiene 46 años y trabaja en la empresa de su familia- deslizó esta frase un día cualquiera, cuando estaba en el secundario.

Su idea era casi de ciencia ficción para entonces -los años 90. De todas maneras, el deseo quedó a la espera.

A los 35, después de un by pass gástrico que le devolvió mucho bienestar, conoció al progenitor –como ella prefiere llamarlo- de sus dos hijos. “Me sentía muy plena y tenía el foco en ser mamá, más que en sostener un vínculo”.

Entre idas y vueltas entre ellos, quedó embarazada de Joaquín -que hoy tiene 11 años- y después, llegó Lorenzo, que cumplió 4. “Cuando estaba esperando a Loren, puse fin a esa relación tan resquebrajada. Fue una muy buena apuesta. Las mujeres embarazadas son sentimos invencibles. La embriaguez de las hormonas nos hace vernos todopoderosas”. A partir de ahí, encaró sola la crianza.

En ese posparto –sin contacto con el padre de los chicos- su apoyo fundamental fue un grupo coordinado por una doula – una mujer que ayuda a otras en el proceso de embarazo, parto y posparto. Además de su familia y amigas.   

“Mi deseo era tener dos hijos, para que vivieran el amor incondicional de hermanos, que para mí es muy importante. Hoy me enorgullece ver como Joaco cuida y protege a Loren, y como Loren sigue a Joaco”.

“Cada día tengo un desafío nuevo. Pero ellos son mi amor y mi corazón más allá de los confines del cuerpo, mi sueño llevado a la vida. Estoy cansada y tengo un trabajo titánico. Pero no lo cambiaría por nada del mundo”.

Por Luciana Fava

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