Los jóvenes que deciden emigrar: tres mamás cuentan sus sensaciones y contradicciones

Las nuevas generaciones se van del país buscando otros horizontes ¿Qué nos pasa a nosotras? Experiencias en primera persona.

 

Desde el mismo momento en que el ecografista nos confirma que estamos embarazadas, un sinfín de ilusiones nos atraviesan. No llegamos a transitar el primer trimestre cuando ya tenemos casi decidido el jardín, la escuela primaria y hasta la secundaria. Después, los vamos criando, como podemos, de la mejor manera que nos sale; les facilitamos medios, hacemos lo imposible para que el desengaño y la amargura los miren de lejos.

Estudian, se reciben y un día llegan como si nada y nos dicen que “les gustaría probar suerte afuera” o “hacer un máster”, “participar en un intercambio o programa de trabajo”, “recorrer el mundo durante un año”, “que se enamoraron de un o una extranjera”.

Y ahí sí, caemos bruscamente en la cuenta de que se soltaron de la mano, de que ya vuelan solos y que el trabajo nuestro está casi terminado.

Entonces, ¿cómo sigue nuestra vida? ¿qué vamos a hacer ahora que no están? ¿A quién vamos a cuidar o a esperar durante esas interminables madrugadas cuando salen?  ¿Cómo van a vivir sin su mamá cerca?

Y lo peor, ¿cómo vamos a vivir nosotras con ellos tan lejos? Pero el día llega. Para una, para otra; y así como si nada, los chicos se van.

Ahí es cuando agudizamos nuestro expertise en redes sociales, en Skype, WhatsApp y cualquier otra forma de comunicación.

También caemos en la cuenta de que siempre quisimos que fueran libres. Y es importante que puedan hacer uso de esa libertad, una libertad que tal vez nosotras no dispusimos: no viajamos tan jóvenes o no tuvimos la posibilidad de estudiar o iniciar un futuro en otro país. En definitiva, queremos adaptar a nuestros hijos a la modalidad de “ciudadanos del mundo”. Pero siempre y cuando no se alejen mucho de la parada del colectivo.

¿Cómo lo vivimos como mamás? Tres mujeres Boleo nos cuentan su experiencia.

“Mis hijos, por el mundo”

“Yo siempre soñé con una familia muy grande. Tuve seis hijos y deseaba pasar las navidades con 24 nietos. Pero resulta que cada uno vive en una parte del mundo distinta y sólo tengo tres nietos”, dice Alicia Facal, una trabajadora social recientemente jubilada que conversa con Boleo mientras visita a su hija María que vive en Helsinki desde hace siete años (antes estuvo varios años en Dublín).

Además de María, otros cuatro hijos de Alicia viven en el exterior: Sofía (de 39 años), en España; Josefina (35), en Zürich; Pedro (38) y Santiago (33), en Brasil y Francisco que se quedó en la Argentina y tiene 2 niños.

-¿Sentís que criaste a tus hijos para que salieran al mundo?

Siempre les dimos la libertad para que buscaran sus proyectos. Si era en nuestro país, mejor, y si no, donde fuera. Los estimulamos para que estudien. Sofía se recibió de psicóloga y se fue a Madrid a hacer un posgrado en género en la Universidad Complutense, conoció a un español y ahora vive en San Sebastián, María se fue a estudiar literatura inglesa a los 20 años a Dublín. Era muy chica, nosotros le pagamos los estudios y ella trabajaba en el aeropuerto. Josefina es abogada y se fue de vacaciones por tres meses al sudeste asiático. Allí conoció a un austríaco, se enamoró, se casó en Austria y se fueron a vivir a Zürich, porque ahí tiene más posibilidades de trabajar en inglés.

-¿Cómo es tenerlos tan lejos?

Los extraño un montón. Pero nos conectamos todo el tiempo. Antes por Skype, ahora por WhatsApp. Me envían fotos, me van contando el día a día, nos comunicamos mucho. Además, cada uno viene una vez al año y yo voy otra. Algunas veces elegimos un lugar que le quede más o menos cerca a todos -por ejemplo: Italia o España. El último encuentro fue para el cumpleaños número 65 de mi esposo. Los que estaban en Europa fueron a Florencia, estuvimos juntos en una casa muy grande. El año pasado, cuando cumplimos con mi marido 40 años de casados, también nos reunimos. Disfruto un montón de esos encuentros. Por otro lado, las tres chicas que viven en Europa se ven bastante seguido.

-Teniendo en cuenta la situación en Argentina, ¿te gustaría que volvieran al país?

-Sin dudas, ¡quiero disfrutar a todos mis nietos!

Buenos Aires/ Berlín

Recién aterrizada en Buenos Aires, después de visitar a su hijo Guido (29), Roxana Cardarelli, funcionaria del Ministerio de Educación, charla con BOLEO.

“Guido tenía un muy buen trabajo. Pero cuando se recibió de licenciado en diseño multimedia quiso hacer un viaje por el mundo con los ahorros que había juntado. Supuestamente iba a volver al año, aunque dejó muy claro que si conseguía algo interesante afuera se quedaba”, dice Roxana.

Eso último fue tal cual lo que sucedió: a los cuatro o cinco meses pasó por Berlín, se encontró con un grupo de compañeros de la facultad y una ciudad que le fascinó. 

Además, un amigo le dijo “solamente tenés que publicar tu CV en Linkedin y decir que estás viviendo en Berlín”. Al otro día de implementar ese consejo, tenía cinco entrevistas pautadas; al mes, ya lo habían seleccionado; y después de los tres meses de trabajo la misma empresa le estaba tramitando una visa de trabajo.

-¿Cómo se lleva él con su nueva realidad?

Él plantea que por unos cuantos años se va a quedar trabajando afuera. Tiene idea de volver, le tira la familia. Aunque, al mismo tiempo, dice que si Argentina no le ofrece las oportunidades para desarrollarse en su carrera y ser feliz, se quedaría. Todo el tiempo me habla de situaciones que le dan felicidad y en nuestro país prácticamente no se combina ninguna.

-¿Cómo vivís tenerlo lejos?

-Al principio sentía mucho miedo de que le pasara algo y yo no estuviera cerca. Entonces, habíamos organizado en la familia un sistema donde lo íbamos siguiendo. También me preocupaba que lo discriminaran por ser inmigrante, algo que puede pasar. Reconozco que me angustia no verlo. Por eso fui esta vez. Tenía vacaciones y algo de plata para el pasaje.

Otro de los hijos de Roxana- tiene tres-, Benjamín, economista, le acaba de anunciar que en diciembre piensa irse a Miami.

“Me resulta muy dolorosa la decisión de él, porque siente que el país no le está ofreciendo un camino”.

Roxana, de todas maneras, buscó darle el mejor mensaje. Con el ánimo estrujado, le dijo: “tenés una sola vida y tenés que hacer lo que el corazón te diga. Nadie puede limitarte”.

Continuar el círculo

Griselda López Viegas, editora de Boleo Magazine, se considera una hija de la inmigración. Su abuelo portugués llegó a los 18 años a la Argentina, huyendo de la guerra y su única hija partió a la misma edad a Nueva York.

Candela se fue a estudiar inglés por un corto tiempo, volvió, terminó libre la secundaria y empezó en Estados Unidos la carrera de Criminología. En un año se recibe y piensa hacer su posgrado en Estocolmo.

-¿Cómo se lleva tenerla tan lejos?

Por ejemplo, tengo en mi teléfono la hora de acá y de allá y el clima de acá y de allá. Porque uno también está en el lugar donde se encuentran los afectos. La tecnología ayuda mucho. Hablamos todo el tiempo. Aunque se extraña el abrazo.

“Ella siempre fue muy independiente. A la vez, allá está sola y no tiene ninguna contención familiar. Cuando voy, trato de crearle buenos recuerdos que la puedan hacer más fuerte ante la soledad y la nostalgia. Busco cocinarle con los aromas de la casa, llevarle música” dice Griselda.

Candela es una intelectual innata. A los cuatro años leía y escribía perfectamente. A los 8, ya se le había animado a la saga de Alejandro Magno. Habla francés, alemán, japonés, noruego y ahora estudia sueco, para enfrentar su próximo desafío académico.

Una imagen que le viene a Griselda es la de un Año Nuevo cantando tangos a los gritos en la habitación de su residencia universitaria.

-¿Querés que vuelva?

– Me gustaría que pueda crecer y ser feliz en su país. Aunque eso lo veo muy complicado. Yo la voy a apoyar donde ella quiera estar, sin importar que sea lejos. Creo que lo importante es que cada vez que vuelva sienta que nunca se fue.

Sandra Votta

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